ADELANTO DEL ENSAYO "REVOLUCIÓN" - ESTEBAN MENDIETA
SOLO PARA INDIVIDUOS
Esta es la continuación del experimento filosófico que inicié con "El neosolipsista" ¿Qué pretendo con él? Concebir una Nueva Sensibilidad ¿A qué me refiero? A, sencillamente, derrocar la Sensibilidad Tradicional que impera en los Organismos Humanos desde siempre y a erigir un nuevo método para sentir ¿Sentir qué? Eso que ocurre "en mí", en “mi” organismo y que represento o significo a través del lenguaje. Este es un texto que solo podrán comprender los Individuos (ver "De Organismos e Individuos"). Los otros verán en esto una extravagancia, tal vez un sinsentido.
De manera que este es un experimento o,
mejor, un juego que solo el Individuo podrá jugar ¿Qué entiendo por
"experimento"? Al ejercicio de plantear ideas, compararlas con la
realidad y verificar si se ajustan a ella. Pero, ¿puede ser la realidad
aprehendida de esta manera? ¿No digo acaso que la realidad (el mundo) sin
lenguaje no existe? Lo digo y además que sin lenguaje yo mismo no existiría. "Mi" existencia sería una
existencia distinta, en donde no tendría la oportunidad de decir "yo
existo" ni "el mundo existe". Existiría un organismo (un cuerpo)
y un mundo, pero no yo. Ese organismo
percibiría al mundo pero no podría decir nada respecto a tal percepción. Ser
capaz de usar el lenguaje me sitúa en la posición de decir, justamente, algo
sobre lo que percibo del mundo ¿Mi percepción del mundo es el mundo en sí
mismo? No. El Individuo y el Mundo son entidades radicalmente diferentes. El
Individuo es un Organismo Humano que percibe al mundo y el mundo es eso que el Individuo
percibe. No hay posibilidad de fusión. El OH, debido a su constitución
material, tiene que percibir, o sea, reconocer el mundo, para moverse en él y
sobrevivir. Su propósito es ese y no tanto captar al mundo tal como es. Un
organismo vivo cualquiera percibe al mundo, identifica su forma y encuentra la
manera de moverse en él; si no la halla se extingue. El mundo es tal como la
disposición de sus sentidos le permiten captarlo. Lo que el OH experimenta en
su interior al percibir al mundo es eso que llamo "Sentir" y sostengo
que sentir solo existe si aquello es representado con el lenguaje. Sentir
solamente es radicalmente distinto a sentir y decir qué es eso que se siente.
Un organismo desprovisto de lenguaje existe y siente, ciertamente, pero está
imposibilitado de decir, de decirse, "yo
existo y siento esto". Es más, a
lo mejor pueda tener la sensación de
que existe y de que siente pero, sin lenguaje, no tendrá forma de “concretarla”,
quedándose en un estado impreciso e indefinido. Pero, ¿usar el lenguaje nos
asegura la precisión de captar aquello que sentimos? ¿Qué es realmente el
lenguaje? Al existir, percibimos al mundo. Eventualmente nombramos los objetos
que lo componen y las relaciones que se suscitan entre ellos. Usar el lenguaje
es el ejercicio de nombrar al mundo (a los objetos y relaciones que lo
constituyen). Pero, ¿basta con nombrarlo? A fin de cuentas, nombrar al mundo es
decir "yo percibo", pero no solamente percibimos sino además sentimos
algo al percibir. Entonces uno se pregunta ¿qué es eso que siento al percibir
al mundo? A diferencia del mundo que percibe, aquello que siente al percibirlo
lo atañe a él, puesto que lo que siente ocurre en él, en su “interior”. Nombrar al mundo es relativamente fácil.
El problema radica en que no solo percibimos al mundo sino que además sentimos algo al hacerlo. Nombrar lo que sentimos
es problemático porque, sin lenguaje, aquello no existe para nosotros (es más,
nosotros mismos no existiríamos, "yo" no existiría) y solo podemos
nombrarlo con un lenguaje proveniente del exterior, del contexto en el que
fuimos provistos de él. Es con este con el que nombramos lo que sentimos. Pero,
¿el lenguaje capta realmente lo que siento? Sostengo que no, que, sin lenguaje,
eso que siento no existiría y que con lenguaje, en tanto que se trata de un
instrumento de significación proveniente del exterior, lo que ocurre es que se
da forma a algo que en principio era amorfo, que se hace existir a algo que inicialmente
no existía (yo mismo, al usar el lenguaje, me
hago existir). A partir de la
clasificación del Organismo Humano que realicé en un ensayo anterior, sugiero
que el Organismo es aquél OH que no puede escapar de las formas que el lenguaje
(que heredó) le da a lo que siente. Por otro lado, el Individuo (a quién este
texto está dirigido) puede hacerlo, puede rechazar el lenguaje que le han
legado (impuesto) y usar otros para dar forma a lo que siente.
El propósito de este ensayo es avanzar en
el experimento del Neosolipsismo y crear una Nueva Sensibilidad para el OH,
para que este perciba y experimente al mundo desde donde creo es su verdadera
posición: Su condición material, finita y mortal.
El rechazo de la Sensibilidad Tradicional
supone negar la posibilidad y la necesidad de una trascendencia para el
Organismo Humano y la deslegitimación de su lógica que tiene al dolor y al
placer físicos como sus elementos primordiales a partir de los cuales se
generan los sentimientos de felicidad
y de angustia. La Nueva Sensibilidad no niega la existencia del dolor y el
placer físicos pero plantea la posibilidad de hacer que la angustia (o el
sufrimiento psicológico) desaparezca puesto que se trata del resultado de un
proceso de significación que se realiza con el lenguaje de la Sociedad. La
Nueva Sensibilidad precisa de un nuevo lenguaje que sepa rechazar lógicamente
la experiencia del sufrimiento y de un Individuo dispuesto a usarlo. Así pues,
este planteamiento exige al Individuo pensar hasta el límite último, hasta el
reconocimiento, la admisión y la celebración de su “aislamiento ontológico” e
inevitable aniquilación, pensar con valentía, desafiando las convenciones y las
tradiciones que creo son ideas estáticas, paralizantes, obsoletas, alienantes
y, finalmente, inconvenientes para el Organismo Humano.
¿Por qué el lenguaje de la Sociedad es
inconveniente? Porque la Sociedad es la Voluntad y quiere para sí la
prolongación de sí misma, de todo cuanto existe. En cambio, el Organismo
Humano, si bien es Voluntad, es una Voluntad limitada cuyo destino es el
colapso en el que él mismo
desaparecerá de forma definitiva. La Sociedad ha creado al Organismo para, a
través de él, seguir existiendo; el Individuo es, por decirlo de alguna forma,
un Organismo Humano que ha rechazado la infinitud del mundo para abrazar su
finitud, ha negado al mundo, que no es él, para ser lo que realmente es: Él
mismo.
EL COMPROMISO ONTOLÓGICO
Largas tradiciones de pensamiento intentan justificar las creencias que se
emplean para dar seguridad a quien se inquieta al enfrentarse a tales dudas.
La tradición mayoritariamente aceptada es
la del “Trascendentalismo”, que plantea la posibilidad y la necesidad de que la
propia existencia prevalezca más allá del fin orgánico. O sea, que hay algo más
allá de la muerte a la que el OH puede y debe acceder. Esta es la posición que
asumen los Organismos: Existen y creen que su existencia se prolongará más allá
de su colapso material. Esa trascendencia puede darse de varios modos: Puede
ser una en donde su existencia, al abandonar el estado material, asuma otro
tipo. Aquí se presentan relatos (discursos) en donde a lo mejor una deidad
suprema organice y gobierne el plano a donde se habrá de trasladar. Así, el Ser
que es ahora, podrá migrar a otro plano en donde, de alguna manera, seguirá
siendo. El otro modo de trascendencia puede asumir el fin definitivo de la
existencia, pero en un sentido material, es decir, una vez muerto un OH, este
deja de existir como tal pero “trascenderá” lo que este haya hecho en vida: sus
obras conceptuales (ideas o teorías) y materiales (descendencia, hijos). Esta
forma de trascendencia es más modesta y realista
pues reconoce que la muerte acabará con la existencia y que lo que puede
prevalecer es lo que uno ha realizado y que es tomado por los OH que lo suceden
(una persona puede usar las ideas que ha elaborado y crear algo nuevo a partir
de ella, un hijo puede existir a causa de su procreador). ¿Pero está realmente el OH extinto en sus
ideas y en sus hijos? Obviamente no. Decir que lo está es un modo de decir: “Yo
uso las ideas de tal persona para crear algo o yo soy hijo de tal”, pero,
siendo estrictos y honestos, la persona extinta no ha podido preservar la
existencia para sí mismo, ha desaparecido por completo.
¿Es inevitable aspirar a una trascendencia?
¿Es aborrecible la posibilidad de la extinción definitiva del Ser? Un OH desprovisto
de lenguaje (como cualquier otro organismo vivo) no se formula estas
cuestiones, solo realiza lo que su programación
biológica lo determina a hacer: Reproducirse y, de este modo, prolongar al
mundo (la Voluntad extendiéndose indefinidamente). Un OH provisto de lenguaje
puede plantearse esas preguntas, pero aún puede responder que sí quiere aspirar
a la trascendencia, que pensar en su fin definitivo le es repulsivo, que no
desea, en verdad, extinguirse completamente. Ese deseo de ser siempre es el de
la Voluntad que nos posee (o que somos) y que colisiona con nuestra condición material
y finita. Ante esto, el OH tiene que decidir si será partidario de la Voluntad
y, por tanto, aferrarse a la posibilidad, a la esperanza, de trascender (sea de
forma inmaterial o simbólica) o si militará en el fragmento de Voluntad que es y, por tanto, reconocerá que hay un
límite más allá del cuál dejará de ser, aunque el mundo, eso que él no es,
prevalezca indefinidamente. La primera opción lo hará un Organismo y la segunda
un Individuo. Sea cual fuere el camino elegido, el mundo sabrá prolongarse y, si no, dará igual, pues ¿qué más da que exista
o no un mundo que nadie percibirá?
Cuando el Organismo Humano llega a cierta
edad, se le exige asumir un tipo de compromiso: Uno político o social. Este se
refiere a la posición que el OH ha de tomar respecto a la organización y
funcionamiento de la Sociedad. Tendrá que estar a favor y en contra de cierta
doctrina organizadora del mundo y a implicarse en la realización de sus
planteamientos. No todos los OH asumen tal compromiso realmente, los hay
quienes existen prescindiendo de las reflexiones, moviéndose instintivamente,
reproduciéndose sin mayores conflictos morales ni conceptuales pero dando la
apariencia de estar de acuerdo con cierto sistema de ideas y de seguir su
programa. Estos OH no hacen más que prolongar la Voluntad.
Frente a la aparente urgencia de asumir un
compromiso político, de alinear la existencia a un proyecto conceptual
colectivo, considero que hay un compromiso previo y mayor que es menester, por
lo menos para el Individuo, asumir: El Compromiso Ontológico.
El Compromiso Ontológico exige al Individuo
preguntarse con seriedad qué es su existencia y cuáles son sus límites y
responder sin permitirse un atajo ni un autoengaño. Así, el Individuo tendrá
que enfrentar el hecho de que es un organismo vivo, constituido de tal modo que
habrá de colapsar en algún momento y que dejará de existir. Así mismo, cuando
se plantee la posibilidad de trascender, tendrá que resolver los problemas que
esta presenta: ¿Es realmente posible un plano de existencia más allá de este?
¿Es posible la existencia de una deidad? ¿Mi legado conceptual (mis ideas) o
una posible descendencia pueden conservar algo de mi existencia? Responder
estas cuestiones puede ser un ejercicio intelectual arduo, pero el Individuo
tiene que hacerlo. Desde luego, existen tradiciones que pueden servir para
disimular, allanar, sortear o alejarse de estas cuestiones, pero el Individuo
no las empleará porque hacerlo supondría dejar de ser él mismo. A eso me
refiero con pensar hasta el límite último. La Sociedad no alienta estos gestos
porque no le importa que el Organismo
Humano se plantee y resuelva estas incógnitas porque esa no es la tarea que
reserva para él, sino solamente la replicación de sí misma de modo automático e
indefinido. A esta no le interesa que el Organismo Humano se halle, se
reconozca ni se independice.
Asumir el Compromiso Ontológico hará que el
Individuo sea consciente de sí mismo plenamente. En otras palabras, lo hará
“Hiperconsciente”. En un mundo donde el lenguaje penetra en ciertos organismos vivos (los Organismos Humanos) y los
hace “Conscientes” de que existen (es decir, los hace existir) y da forma a eso
que sienten (o sea, hace existir a eso que, sin lenguaje, no existiría) de una
manera particular, en donde el lenguaje determina el modo en que las
sensaciones fluctuarán, en un mundo
en donde no importa qué tipo de sensibilidad tenga el Organismo Humano sino que
su existencia esté subordinada al propósito de la Sociedad (la Voluntad), en un
mundo en donde se proclama que el Organismo Humano es parte de un amplio tejido
social en donde su subjetividad yace inevitable y estrechamente vinculada con
los otros, asumir el Compromiso Ontológico, es decir, reconocer su condición de
ente aislado, finito y mortal, imprimirá a su existencia, a su sensibilidad,
una fuerte sensación de Aislamiento Ontológico, de una Soledad Primordial y
Absoluta. El Individuo, comprometido de este modo, se sabrá absolutamente solo en su Ser, reconocerá su existencia
como un fenómeno que concluirá algún día, admitirá que el mundo que percibe es
el único al que le será posible acceder, que, después de él, el mundo también
dejará de ser, prevaleciendo solo lo amorfo, lo indefinido y oscuro,
imposibilitado de ser percibido por aquél que ya no puede percibir (porque ya
no existe). Esta sensación de Soledad Absoluta también implica, naturalmente, a
su desenvolvimiento en la cotidianidad: El Individuo que sabe que solo puede
ser él mismo, comprende que aquello
que siente, tal como su conciencia, es de tal modo debido al lenguaje que su
entorno le ha legado. De esta manera, comprende la condición paradójica de su
existencia: Sin lenguaje no existiría más que como un organismo vivo, con
lenguaje eso que es y eso que siente es de tal forma debido a esa influencia
exterior que es el lenguaje. El exterior lo hizo existir. El interior que es
(eso que siente) está constituido por algo externo. Lo desprovisto de
existencia y de forma que era su existencia
(un tipo particular y distinto) ahora tiene forma y existe gracias al lenguaje.
El Individuo que asume el Compromiso Ontológico reconoce que la manera en cómo
significa, o sea, da forma, a aquello que siente está predeterminada por el
lenguaje que usa. La sensación de Soledad Absoluta que le sobreviene no es más
que el reconocimiento de sí mismo sintiendo algo que solo puede sentir si le da
un significado, no es más que la sensación de ser él mismo separado
radicalmente del otro y de que todo
contacto que pueda tener solo ocurrirá a través de un proceso de significación.
La Soledad Primordial y Absoluta es la sensación que puede representar con
palabras, diciendo: Solo puedo existir y sentir si uso el lenguaje; soy lo que
siento, pero solo yo puedo definir qué es eso que siento.
La Sociedad proporciona al Organismo una
Conciencia que no puede alcanzar la profundidad
necesaria para que este se reconozca como un ente radicalmente aislado. Es más,
el Organismo cree estar cohesionado con su entorno (con otros OH) solo por el
hecho de compartir un lenguaje con el que significa lo que percibe y lo que
siente. Así, su subjetividad, su “ser mismo”, solo se concibe como un discurso
que recurre al otro para definir o dar forma a lo que siente. Es decir, sus
sensaciones amorfas (internas) serán dotadas de forma con algo que en realidad
es un elemento externo anclado en su
interior (el lenguaje) – y, por tanto, un elemento ya interno – pero cuyo poder
de dar forma depende del exterior, sea lo que sea eso. En palabras sencillas:
El Organismo depende de lo que la Sociedad le
diga qué significa eso que siente para dar forma a eso que siente.
La Sociedad no es un Organismo Humano sino
un tipo de lenguaje que se extiende a través de ellos. Es la manera en que se
ha conceptualizado, hecho discurso,
el propósito de la Voluntad: Prolongarse indefinidamente ¿Qué formas o
significados puede ofrecer sino las que surgen de esa naturaleza y propósito?
Cierto es que el OH, en tanto Voluntad (de Vivir) tiene la misma naturaleza y
propósito, pero la diferencia radical es que la posee en una proporción
sumamente limitada: El OH no es infinito, no tiene la posibilidad de prolongarse
indefinidamente. El Organismo Humano es un organismo vivo pero no es la Vida
(pugnando por ser siempre). La lógica de su funcionamiento, si bien es la
misma, se restringe a sus posibilidades materiales (que, tarde o temprano,
colapsarán). Eso distingue al Organismo Humano y a la Sociedad de manera
notable y es, creo yo, un asunto que no conviene ignorar porque define todo lo
que uno puede ser.
A diferencia del Compromiso Ontológico que
conlleva al reconocimiento, la aceptación y la experimentación de una Soledad
Primordial y Absoluta, la Sociedad no sabe decir nada sobre la soledad que
experimentan los Organismos más que renegar de ella, eludirla o despreciarla.
La creencia de que el Organismo es parte de una red mayor, cohesionada y
comunicada entre sus miembros, desconoce el hecho de que, por más que use un
lenguaje común para significar lo que
el OH siente, eso que siente ocurre solo en él. La Sociedad despliega una serie
de discursos sobre cómo el OH no está solo (o no puede estarlo) pero no puede ser el OH significando sus propias
sensaciones (en todo caso, es el OH quien usa el lenguaje de la Sociedad para
significarlas). Como mencioné alguna vez, el lenguaje de la Sociedad da una
forma particular a la Sensibilidad del Organismo. Intuyo que esa forma de
sentir se funda en la dependencia a algo externo (la Sociedad misma) para
legitimar eso que el Organismo experimenta en su interior. La cuestión es que yo, que escribo esto, no puedo ser
más que yo mismo, no puedo sentir más que lo que experimento en mi organismo y no puedo significar más
que eso que siento ni más que eso que percibo. En conclusión: No puedo salir de
mí mismo. Y lo mismo sucede con todos los Organismos Humanos que usan un tipo
de lenguaje, por más que este disponga de expresiones que aduzcan que es
posible. En todo caso, siempre se tratará de una metáfora que no puede alterar
el hecho (que anuncia el Neosolipsismo) de que un OH está aislado en sí
mismo.
Hay un aspecto importante que quien asume
el Compromiso Ontológico atiende y respeta: La no-necesidad de existir del
no-existente. Al comprender y admitir que su existencia es un fenómeno aislado
que solo lo atañe a él, que ésta tiene unos límites más allá de los cuáles
dejará de ser, que la clara distinción entre él y el mundo (objetos, organismos
vivos y Organismos Humanos) no cambiará con nada y, sobre todo, al reconocer
que su existencia es una cuestión problemática (para él mismo) puesto que se
halla en un permanente esfuerzo de adaptación (consiguiéndolo con solvencia o
no), considera su existencia como la única sobre la cual tiene legítima
potestad. Un no-existente obviamente no existe y, por tanto, no tiene la
necesidad de hacerlo. Un no-existente está
en la Nada (nótese la artificialidad de la expresión). El Individuo (su
organismo y el lenguaje que emplea para significar lo que percibe y siente) es
todo lo que puede ser y el mundo es eso que él (el Individuo) no es. Esta
radical distinción hace que todo lo que el Individuo no es (por ejemplo, un
no-existente forzado al trance de
existir – nótese también aquí la artificialidad –) sea siempre algo externo a
él. Por más que uno quiera y crea estar vinculado – sea lo que signifique eso –
con el otro (a quién se hizo existir), ambos se hallan aislados en sí mismos. Pensar
en la propia existencia exige reflexionar sobre sus límites y sobre lo que
éstos contienen: la Voluntad de Vivir y todo lo que deriva de ella. Ahora, a la
luz del Compromiso Ontológico, es más fácil vislumbrar la posibilidad de obrar
en consonancia con la condición que nos implica: el aislamiento y la finitud.
Un Organismo Humano lo es en tanto sea capaz de usar un lenguaje y el uso de
este posibilita hacer lo que es imposible sin él: existir (de una forma
particular, como Organismo Humano) y sentir de tal modo que se pueda reconocer que
se es eso que está separado de lo demás. Usar el lenguaje no nos extirpa de la
condición de ser organismos vivos pero nos sitúa en la posición de darnos
cuenta que lo somos (y lo que involucra serlo). La Sociedad, en tanto Voluntad,
no exige realizar estos descubrimientos sino, ya lo sabemos de sobra, solo la
prolongación de sí misma a través, en este caso, de los organismos vivos. Si la
Sociedad ha impuesto un lenguaje que obedece a esa lógica es porque responde a
algo que el Organismo Humano solo puede ser limitada y temporalmente. Así,
queda mostrado el hecho de que él no es más que una parte de algo que no podrá
ser; que, por decirlo de algún modo, el Organismo Humano no es prioridad para
la ocurrencia de la vida (la
Sociedad, la Voluntad, el mundo o lo que sea) puesto que otro ser vivo puede
existir y representarla (lo mismo puede decirse de la vida: que no es prioridad
para la ocurrencia de la Voluntad – puesto que cualquier otra cosa puede
ocurrir en su lugar – y algo parecido puede decirse sobre ella: que no es
prioridad que la Voluntad sea porque el No-Ser es indistinguible del Ser si no
hay nadie – el Organismo Humano extinto que seremos – que lo perciba).
Así pues, presento al Individuo como el
ente que hace que todo cuanto existe lo haga. Esto puede sonar realmente
extraño y contraintuitivo, pues qué es el mundo sino algo que existe. Todo a mi
alrededor posee existencia, los Organismos Humanos con quienes interactúo
existen, sienten y dicen algo respecto a tal experiencia. Dialogo con ellos,
realizamos mutuas interpretaciones de lo dicho, así como intentamos explicarnos
el mundo. Pero, todo esto sucede porque yo existo, percibo, siento y significo
(con el lenguaje) mi existencia, mi percepción (del mundo) y aquello que
siento: Sin mí el mundo no existiría.
Ésta no es una declaración egomaníaca sino una invitación a verificar que la
existencia del mundo se sustenta en la existencia del Organismo Humano.
El conjunto de Organismos Humanos que
componen eso que podemos llamar Sociedad son, cada uno, en su cuerpo, en su unidad material, un ente a través del
cual el mundo existe. Yo percibo al mundo porque existo y estoy habilitado para
percibir, pero si no existiera, aquél mundo se preservaría en una instancia que,
en todo caso, no podría concernirme (¿Cómo podría hacerlo si no existo?). Lo
mismo ocurre con todos los Organismos Humanos: Cada uno tiene para sí el mundo
que percibe (y significa) pero el mundo en
sí, aquél que existe independientemente de alguien que lo perciba, es algo
que, en última instancia, será siempre una incógnita. Existirá seguramente,
pero, al no ser percibido por nadie, será algo ajeno e irrelevante (¿A quién,
si nadie existe, podría resultarle importante?).
Aun cuando pueda afirmar que el mundo
dejará de existir con el cese de mi existencia, tengo que admitir que aquél
mundo solo es el que – ahora – percibo y significo. Igualmente, teniendo en
cuenta que existen otros Organismos Humanos ahora mismo, tal como existieron
hace muchos años y tal como probablemente existirán en el futuro, debo
reconocer que tales OH tuvieron, tienen y tendrán para sí un mundo y, por tanto, el mundo
seguirá existiendo. Compartimos el mundo en el sentido de coexistir en él, pero,
por otro lado (desde el individual,
más importante) es un mundo para mí mismo
porque solo yo puedo percibirlo, sentirlo y significarlo de la manera
particular en la que lo realizo. Tenemos la impresión de compartir un mundo (de
hecho, que hayamos coincidido en esta época, fortalece la creencia de que es un
mundo común, constante y homogéneo), pero basta con imaginar a cada uno de
nosotros cesando de existir para comprender que el mundo que creemos construir
colectivamente se desvanece, un poco más, con cada desaparición. Si todos dejáramos
de ser, el mundo también dejará de hacerlo porque la existencia de este, sin
que nadie lo perciba ni signifique, será para
sí misma y, en tanto que el mundo en sí mismo no tiene conciencia (hasta
donde sabemos) o al menos no una conciencia como lo entendemos convencionalmente
(o como lo entiendo yo: como un uso de lenguaje), ser un mundo para sí mismo
será lo mismo que no existir.
Con el Compromiso Ontológico se reconocen
los límites materiales que nos constituyen como entes individuales (aislados en nosotros mismos), se admite que, para
que exista el mundo (de la forma en que lo hace), es necesario que un Organismo
Humano lo perciba y signifique y se llega a la conclusión de que la existencia
del OH es el único fenómeno sobre el que éste puede tener verdadera potestad.
Más allá de él está el mundo, otros Organismos Humanos, con los que tiene que
interactuar, sentir algo mientras lo hace y significar eso que siente mientras
interactúa. No ocurre una verdadera fusión de entidades, sino una percepción y
una significación aisladas. Más allá de la existencia de un OH está un mundo
inconcebible, inimaginable e ontológicamente inverificable. No es posible una
verdadera trascendencia.
Lo que aquí se plantea contradice lo que la
Voluntad pretende porque estas afirmaciones derivan de ese fragmento de Voluntad – de vivir – que es un Organismo Humano.
Obviamente la Voluntad seguirá dándose, prolongándose indefinidamente, a través
de las Voluntades Objetivadas que son cada ente que entra y sale de la existencia.
Pero, justamente, aspiro enfocarme en ese ente, único y particular, que entra y
sale de la existencia una única y particular vez ¿Es esta una exploración
errónea e incorrecta?
La Voluntad es Irracional pues no necesita
razones para justificar su pretensión
de prolongarse y Ser siempre. El
Organismo Humano, en tanto manifestación
de esa Voluntad, en realidad tampoco precisa de razones. Bien podría asumir esa
pretensión de prolongarse y ser siempre, aunque su ser mismo (su organismo) colapse y deje de ser. De hecho es lo que
hace: Se reproduce, causa la existencia de otro Organismo Humano que
probablemente hará lo mismo. De ese modo la Voluntad realiza su propósito de
ser de forma indefinida. El Organismo es aquél que adopta el propósito de la
Voluntad (de la Sociedad). Como ésta no necesita de razones, la Racionalidad
del Organismo se funda necesariamente en la Irracionalidad de la Voluntad. Es
decir, todo cuanto el Organismo pueda decir para justificar la ocurrencia de la
Vida (una forma en que la Voluntad se manifiesta) remite a algo que,
fundamentalmente, no necesita ser dicho sino solo admitido. El Individuo, lo
mencioné ya muchas veces, rechaza el propósito de la Voluntad y abraza su condición de Voluntad
Objetivada, de ser un fragmento de esa Voluntad, porque reconoce que es eso y
no más. El Individuo admite que usa un lenguaje (una lógica, un modo de
razonar, una “Racionalidad”) que parece ser útil para explicar y justificar la
existencia del mundo y de sí mismo, pero que en realidad, puesto que él mismo
es portador de una Voluntad
Irracional, todo lo que pueda pensar y decir también remite a algo que no
necesita ser dicho sino solo admitido. En este caso, admite que es un fragmento
de la Voluntad, un ente finito y mortal. ¿Es esto incorrecto? Desde la
perspectiva de la Voluntad (la Sociedad) probablemente sí, puesto que
contradice su propósito de Ser siempre, pero desde la del Individuo (ese
fragmento de Voluntad, esa Voluntad Objetivada que es) participar en la
prolongación de algo que él mismo no podrá ser, participar de algo que no es consciente de su
necesidad de ser (se da por hecho que la Voluntad no es consciente de sí misma),
que es una necesidad en sí misma (ciega, irracional e inconsciente), indiferente
al hecho de que sea o no; participar
en ello significaría desconocer deliberadamente su propia condición,
priorizando la continuidad del mundo, sea este lo que sea.
Asumir el Compromiso Ontológico exige
reconocer que la tarea primordial del Individuo es sentir y pensar – desde –
su condición (material, finita y mortal) y hacer de esas “actividades” su Forma
de Vida. El Compromiso Ontológico permite delimitar la propia existencia y
distinguirla de la de los demás (de otros Organismos Humanos y de otros entes
que existen) en el ámbito verbal o conceptual (que es la instancia que nos hace
Organismos Humanos) y actuar en consonancia con tal delimitación, anulando la
posibilidad de la existencia del mundo más allá de la propia. El Compromiso
Ontológico permite ver que aquellos que no lo asumen ejercen su existencia mientras adoptan discursos que contradicen su
condición. Lo que trasciende será un mundo amorfo, oscuro, irrelevante e
incognoscible que nos es y será siempre ajeno. Lo que somos o hacemos para Ser
es usar el lenguaje para representar, dar forma, a eso que en el fondo carece
de una.
La existencia de un OH es una manera en la
que la Voluntad es. En este devenir constante, ¿de qué forma es el OH? Si bien su programación
genética lo habilita para propiciar la existencia de otro OH, ser capaz de usar
el lenguaje le permite representar su existencia proyectándose hacia el límite
próximo que supone su propia extinción. De este modo, puede admitir que
existirán otros OH pero también que él mismo no lo hará.
El Compromiso Ontológico puede ser un
ejercicio arduo porque exige apartarse del discurso de la Sociedad y atender
una realidad que posiblemente sea incómoda (la condición material, finita y
mortal). Los Organismos, debido a su dependencia a la Sociedad para representar
su existencia, están inhabilitados para iniciar reflexiones más allá del “campo
conceptual” que esta le ofrece: Dan forma a su mundo y a su sensibilidad con
los significados que la Sociedad pone a su disposición. Lo curioso es que la
Sociedad no es más que un lenguaje que, al referirse a un conjunto de OH,
pretende darles la forma de una entidad cohesionada, homogénea y directamente
comunicada entre sus miembros; la Sociedad no tiene una existencia equivalente
a la del Organismo Humano. La Sociedad es una Forma de Vida que generaciones
anteriores han desarrollado espontáneamente (es decir, de forma irreflexiva y
automática) y legado a sus sucesores (o sea, a nosotros), mientras que el
Organismo Humano es un ente material constituido de tal manera que tiene
límites que posibilitan y anulan su existencia.
La existencia humana es un hecho que se articula y “formaliza” con el uso del lenguaje (o, si se quiere, el pensamiento). Después de todo, existir no es más que significar la propia existencia. El Organismo Humano que nace morirá, independientemente de lo que crea. Pensar en un mundo más allá de la propia existencia no hace que tal mundo exista. Asumir el Compromiso Ontológico significa concentrarse en la propia existencia (en sus límites y posibilidades) y en el lenguaje que se usa para significarla. Pensar en el futuro no es más que pensar en el presente o, mejor dicho, no es más que pensar en algo para dar sentido al presente. Los futuros OH probablemente harán lo mismo, realizando así lo que en realidad es el propósito de la Voluntad: Prolongarse indefinidamente.
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