EL SIGNIFICADO AD INFINITUM
Viene de "EL MUNDO AD INFINITUM"
“La
vida es una farsa en la que todos participamos”
Arthur Rimbaud
El organismo humano (OH) percibe al
mundo. Así, el mundo existe para el OH, se articula en él y se desenvuelve (tal
como el OH puede percibir que lo hace). Cuando el OH deja de percibirlo, el
mundo retorna a la sombra de lo no-percibido. Existe, ciertamente, pero su
existencia es ajena e irrelevante.
El OH que percibe al mundo, también lo
significa, lo que quiere decir que le otorga un nombre, un signo que lo hace
reconocible para él cuando - el objeto al que se refiere - está presente o no
(por ejemplo, cuando una persona está frente a un árbol, lo indica con el dedo
y dice: “Eso es un árbol” o cuando, en ausencia del árbol, dice “Eso es un
árbol” mientras piensa en él). El significado es, en un sentido general e
intuitivo, lo que el objeto es para
el sujeto que lo percibe, es la forma propia del OH de percibir y organizar lo
que percibe. En ese sentido, significar es, darle, en cierto modo, una forma
clara al mundo, una forma que depende de la capacidad del OH. Esta capacidad es
el Lenguaje, que es, básicamente, la posibilidad de hacer que un objeto
percibido sea también un concepto, una representación (o copia) del objeto
material. Así, cuando el OH percibe al mundo, puede organizar lo que observa a
través de esos conceptos. Puede atravesar una calle, percibirla y decir: “Veo
las paredes amarillas, las nubes dispersas, el cielo azul, la calle limpia”. De
este modo representa el mundo (una porción del mundo) para sí. Desde luego,
esta capacidad de usar el lenguaje es mucho más compleja y rica de lo que se
muestra aquí.
Ya dije en algún momento que percibir sin
significar es, en todo caso, un hecho incomprensible e inimaginable para quien
ya sabe y puede significar. Porque ¿cómo es ese percibir el mundo pero no
significarlo? Ese mundo existe, pero no puedo imaginar de qué manera lo hace.
Quiero decir, no puedo representármelo de manera consciente sin usar el
lenguaje. Una persona no piensa todo el tiempo, es decir, no usa el lenguaje en
todo momento de su existencia. Hay instantes en los que el OH simplemente
percibe al mundo, no lo nombra, no juega con los conceptos que usualmente se
desprenden de los objetos. Podríamos llamar a eso “percibir al mundo sin significarlo” pero al llamarlo así ya lo
estaríamos significando. O sea, el OH puede oscilar entre solo percibir el
mundo y percibirlo y significarlo, pero no puede quedarse en la sola
percepción, ya no, y esa imposibilidad hace que imaginar un mundo solo
percibido sea imposible (Quizás un intento de hacerlo pueda mostrarnos un mundo
de estímulos que solo podemos llamar formas
en sí mismas y amorfas fuera de sí con las que interactuamos del modo en
que estamos predeterminados biológicamente a hacerlo). El OH necesita volver a
usar el lenguaje para ordenar o terminar de ordenar el mundo que percibe.
¿Pero a qué me refiero cuando digo
“significar al mundo”? A nombrar a las cosas que lo conforman, a sus
propiedades y a las formas en que estas interactúan con las demás cosas (a
identificar sus regularidades). Me
refiero a representar conceptualmente el mundo sensible. Si bien esta
representación (o significación) es una tarea que corresponde al OH (como
individuo o sujeto), éste lo realiza con un lenguaje que es una tecnología
elaborada de forma “colectiva” y que le fue proporcionada dentro de un contexto
particular para que pueda, precisamente, dar sentido a lo que llegara a
percibir, pero, además, organizar aquello de cierto modo para conducirse a
través de él de una manera específica. Es decir, cuando el OH significa al
mundo, lo hace con un lenguaje ajeno a él (no podía ser de otro modo) y para
comportarse de una determinada manera. El Mundo Significado (MS) que el OH
tiene frente a él es uno predeterminado, configurado antes de su existencia y
que atiende a un propósito que su condición solo puede satisfacer de forma
parcial (la continuidad de la VF).
Si el mundo no percibido es oscuro, ajeno
e irrelevante y el mundo solo percibido es amorfo, el mundo percibido y
significado es predeterminado. Es decir, su forma “real” (que no conocemos) es
vaciada en un molde que existe previamente. De este modo, el mundo significado
es uno cuya presentación sirve, en primer lugar, para que el OH se conduzca por
el mundo y, en segundo lugar, para que lo haga de un modo específico.
¿Es el Mundo Significado (MS) el Mundo
Objeto (MO)? Sí. Una vez que el mundo ha sido significado no hay modo de
devolverlo a la inexistencia (salvo que quien lo percibe deje de hacerlo). De
este modo, el MO adquiere cierta forma particular, pero recordemos que es la que
el lenguaje empleado le da. El MS es una representación del MO y, en ese
sentido, es el único modo en que podemos conocerlo. Si el mundo no percibido
existe de modo oscuro y solo percibido existe de manera amorfa, el mundo
significado existe solo de la forma en que podemos representar conceptualmente
lo percibido. Un árbol no percibido existe pero su existencia es oscura e
irrelevante, un árbol solo percibido es un conjunto de señales que capto a
través de mis sentidos y un árbol significado es un objeto al que llamo
“árbol”. El Mundo Significado, ahora, es la única manera que tengo de acceder
al MO. El mundo en sí mismo, el mundo tal
como es, me es inaccesible.
Una vez significado ¿el mundo tiene una
sola forma? No. El MO del que me valgo para elaborar un MS se mantiene, por
decirlo de algún modo, intacto. Si el lenguaje que me ha sido dado es un molde
en el que ubico y con el que organizo mis percepciones y de esta manera elaboro un mundo para mí, puedo
detenerme a observar el molde y preguntarme por qué tiene precisamente esa
forma y cuál es su propósito. Se trata de una aventura crítica porque lo que
tratamos de hacer es preguntarnos cuál es la finalidad de que signifiquemos tal
como nos enseñaron a hacerlo.
El mundo no tiene una sola forma: Para un
no-existente el mundo no existe, para quien solo lo percibe es amorfo y para
quien puede significarlo tiene una forma específica (pero no es la forma del
mundo en sí).
Hay un nivel en el que podemos admitir
que el lenguaje capta al mundo con fidelidad, en función a la disposición de
nuestros sentidos: El nivel científico. Aquél que busca describir y explicar la
existencia e interacción de los objetos. Por ejemplo: Significar el objeto
llamado “árbol”, su composición, funcionamiento, ciclo de existencia, propiedades,
etc. De este modo, tal objeto puede ser conocido y este conocimiento puede ser
transmitido a los demás. Así, el mundo queda, en cierta forma, mostrado (¿La
ciencia puede mostrarnos al mundo en sí
mismo? Puede mostrarnos el mundo tal como puede verlo cualquier OH, pero no
el mundo tal como es realmente, porque la realidad que nos es posible tener
está determinada y mediada por nuestros sentidos).
Pero, para el tema que me ocupa, es un
mundo insuficiente. Decía que podía preguntarme por la forma del molde en donde
coloco mis percepciones. ¿Por qué significo el mundo tal como actualmente lo
hago? ¿Para qué lo significo así? Soy un organismo, existo, percibo al mundo y
necesito significarlo. Lo hago porque necesito hacerlo. ¿Para qué? Para seguir
existiendo: Soy poseído por una Voluntad de Vivir (VV) que me impele a seguir
viviendo (hasta que, eventualmente, ya no pueda) y para hacerlo necesito
adaptarme y, por tanto, comprender qué es aquello que me rodea. Para eso uso el
lenguaje.
Observando un poco más, puedo ver que
organismos semejantes a mí dejan de existir, se apagan y desaparecen, ya no
son. Entonces, comprendo que también me ocurrirá: Ahora soy y después no seré,
y conmigo el mundo.
Si el mundo existe porque yo lo percibo y
significo, mi extinción lo devolverá a la oscuridad y la irrelevancia. Será un
mundo del que, en cualquier caso, tendrá que ocuparse otro (si acaso es un
deber en sí mismo hacerlo). No es que yo quiera que sea así, es que el mundo
funciona de ese modo.
El MO, oscuro, ajeno e irrelevante posee
una existencia mínima que en realidad no funciona (si nadie lo percibe).
Sencillamente, ese mundo no existe ni necesita existir, no es. La cuestión es
que todos los OH que existen hacen de ese MO un mundo que existe y significa.
Puesto que Organismos Humanos nacen y mueren, numerosa y simultáneamente, el
mundo logra existir y continuar por ellos (o a través de ellos). Cada OH existe
en el MO, lo percibe y lo significa y de este modo lo hace existir: Es el mundo
que existe por él. Esta forma de comprender al mundo es una que se funda en el
organismo individual y hace de este la base que articula y da sentido a todo lo
que existe.
El MS que existe lo hace para el OH, pero
este existe porque necesita hacerlo, puesto que es poseído por la Voluntad de
Vivir. El MO, ajeno a nosotros, tiene para sí una existencia que se da,
indefinidamente (me refiero al universo completo y en todas sus formas,
existiendo de manera compleja o sencilla, intensa o tenuemente). El mundo
trajina hacia un destino incognoscible que podemos llamar “futuro”. ¿Hacia qué
tipo de futuro? (¿Para qué? ¿Y luego qué?) Oscuro, ajeno, no percibido, es
irrelevante hacia dónde se dirija. Si nadie lo observa, no existe (En todo
caso, si existe pero no existe quien pueda habitarlo, ese mundo existe solo
para sí mismo).
Cada OH puede decir: “Mi existencia es
parte de la existencia del mundo, pero solo yo hago que exista”. El OH aparece
en el mundo, su cuerpo funciona según unos límites y posibilidades inherentes a
él, el entorno en el que se mueve también tiene tales límites y posibilidades
y, en la interacción entre ambos, ocurren y cesan sus existencias. Así va
dándose el MO, su ad infinitum.
Si todos los OH existieran menos yo, el
mundo en el que se desenvolvieran no existiría para mí (porque yo no
existiría), ese mundo sería oscuro, ajeno e irrelevante para mi no-existencia.
Existiría para sí misma (como un objeto) y para cada OH que lo significara de
cierto modo. Es lo que ocurre: Conformamos una multitud de OH que percibimos y
significamos un MO que existió y existirá más allá de nuestras existencias,
pero del que, una vez extintos, no podremos saber nada. Para cada OH, vino de
la sombra y retornará a ella. Lo hicimos existir durante el tiempo que pudimos,
pero, con nuestra desaparición, también lo hará. Que seamos muchos OH ahora,
que compartamos esta época, nos da la impresión de que se trata del mismo
mundo, pero no es así. Es un MO incognoscible en sí mismo del que partimos para
significarlo, cada uno por su cuenta.
Un OH es parte del mundo, pero una parte
nuclear alrededor del cual orbita (y adquiere sentido) todo lo demás (el mundo
mismo). Lo que ocurre es que cada OH que existe hace que el mundo exista, de
modo que son tantos mundos que “emanan” de uno solo (del MO) que da la
impresión de que éste existe tal como lo significamos más allá de cada OH,
siendo en realidad lo que trasciende solo el MO. Si apartamos nuestras
representaciones del mundo que hacemos a partir del MO que percibimos, es decir
si separamos nuestro MS del MO, quedaría solamente el MO (y nosotros parte de
él, solo como objetos, sin significado), oscuro, ajeno e irrelevante (Llamo a
esa separación conceptual del MS y el MO “El gran desacople”).
Es el MO el que se prolonga, el que
trasciende a costa del OH. El significado que cada OH le confiere es un intento
de organizarlo para poder sobrevivir en él. No es, no puede ser, un ejercicio
“desinteresado” del OH por el mundo sino una acción adaptativa, es decir, algo
que se hace por y para uno mismo: Usar al mundo, ajustarlo, en la medida de lo
posible, a lo que uno es para poder existir y así responder a la VV.
En realidad, se trata de significar el
mundo de cualquier modo. Más allá del lenguaje científico, que describe el
funcionamiento del mundo, parece ser necesario un lenguaje que le dé un
“propósito”, un sentido que “eleve” la existencia más allá de su materialidad.
Que un árbol sea un árbol no representa un motivo suficiente para contemplarlo
y conmovernos frente a él, ese árbol tiene que significar “algo más”. Así, la
correspondencia de un objeto con un significado (lo que ese objeto puede ser)
es, después de su correspondencia material (decir: “Ese árbol -objeto- es un árbol – significado”), posible en todos los
sentidos. Es decir, el OH está legitimado para significar el mundo de cualquier
forma, con tal que esta le permita adaptarse al mundo. Es lo que han hecho las
civilizaciones hasta el presente: Cada OH ha significado y hecho existir el
mundo como ha podido y así se ha adaptado a él, luego se ha extinto,
despareciendo él y el mundo que percibió y significó (mientras, el MO se
prolonga simultánea e indiferentemente), pero, en tanto el lenguaje (un
particular uso del lenguaje) es transmisible como práctica, ha permanecido en
los demás OH que empezaban a existir, como el aprendizaje de una estrategia de
supervivencia. No importa la correspondencia “real” del objeto con su
significado, puesto que, más allá del lenguaje científico, no existen criterios
de validez para decidir que tal objeto significa esto y no puede significar otra
cosa. Un objeto puede tener significados ad infinitum.
Entonces, tenemos el MO que es un “ad infinitum” que existe
independientemente de la existencia del OH y un MS que es la creación
arbitraria (la construcción de un sentido) de un mundo a partir del MO.
Cada OH configuró un mundo en el que
pudiera existir. Lo hizo con el lenguaje que le fue dado y por ello el mundo
resultante tiene la apariencia de algo que es más que lo que el OH se
representa para sí. La historicidad, contundencia y fuerza (todas, cualidades
aparentes, es decir, conceptos desprendidos de un objeto que ya no existe) de
ese lenguaje da la impresión de que el mundo construido con él posee también
las mismas propiedades. El OH significa al mundo, cree en su existencia a
través de los significados que le atribuye. Este es un ejercicio individual
que, a pesar de ser realizado con un instrumento de invención colectiva y
heterogénea, implica solamente al OH y que abarca estrictamente el ámbito
delimitado por el principio y el fin de su existencia. Que el OH, al significar
su mundo, emplee elementos (significados) que OH de generaciones anteriores
usaron no significa que tales mundos existan (esos mundos, existentes en su
momento a través de la representación que se
hicieron tales OH, dejaron de existir en el momento en que estos se
extinguieron) sino que el OH está haciendo uso de los recursos que sus
antecesores inventaron, perfeccionaron o tomaron, a su vez, de generaciones
anteriores. El MS que el OH elabora para sí siempre es nuevo y aislado, aunque
los recursos con los que lo conforma provengan del pasado y esa proveniencia dé
la impresión de que existe una continuidad entre esos mundos y el ahora
vigente. Así mismo, que el OH, al significar su mundo, piense en la existencia
de los OH del futuro y que la forma en que significa su – propio - mundo tendrá
alguna resonancia en la de ellos es irrelevante puesto que aquellos OH no
existen (aún) y cuando existan, el OH (que pensó en ellos) ya no lo hará (Los
OH del futuro que serán parte del MO – uno oscuro, ajeno e irrelevante para
aquél que, tiempo atrás, pensó en “ellos” y que ahora no existe – tendrán el
trabajo de significar el mundo que les toca, para poder adaptarse a él). Que un
OH piense en el futuro como un elemento importante de su representación del
mundo es un acto tan individualista como el de aquél que piensa solamente en su
existencia y en la de sus coetáneos y que incluso rechaza tenazmente la noción
de un futuro. El futuro y el pasado son formas de referirnos a un mundo que no
existe (porque nosotros no existimos ni existiremos en él) más que como un
objeto que se prolonga sin la necesidad de una razón para hacerlo e
independientemente de un organismo que lo perciba.
El OH que usa el lenguaje para significar el MO tendrá que usarlo también para
significar aquello que experimenta en su organismo (al interactuar con el
mundo). El procedimiento no es distinto: Así como percibe un objeto “árbol” y lo llama “árbol”, el OH percibe
algo en su organismo y lo nombra del modo en que ha aprendido a llamar eso que
siente. ¿Pero cómo puede estar seguro que eso que siente es eso que nombra como
aquello que siente? Es decir, ¿cómo puede saber que esa alegría que experimenta es justamente esa experiencia que le han
enseñado a llamar “alegría”? Esta duda es seria: Si para nombrar “árbol” a un
objeto, este tiene que ajustarse a ciertos criterios que reúne el concepto
“árbol” y para hacer este “ajuste” tiene que verificarlo a través de los
sentidos (Algo como: Percibo un objeto y tengo el concepto de “Árbol” - “Planta con un tallo leñoso, generalmente de
gran tamaño y altura, que se ramifica a cierta distancia del suelo. Se
caracteriza por tener un tronco principal bien definido, una copa formada por
ramas y hojas, y un sistema de raíces que se extiende bajo tierra”-. Si el
objeto que percibo se ajusta al concepto, entonces puedo llamar a tal objeto
con el nombre de ese concepto), ¿cómo
puede hacer lo mismo con una experiencia cuya “forma” solo puede ser percibida
(conocida) a través del lenguaje?, es decir, ¿cómo puede conceptualizar una
experiencia cuya forma es definida, adquirida, desde el comienzo a través de un
concepto?
Lo que se nombra como experiencia del OH
no es su acontecer físico (el proceso químico, fisiológico, etc.) sino lo que
con el lenguaje aprendido se representa a partir de él. Un OH incapaz de usar
el lenguaje humano no podrá reconocer lo que experimenta más que como aquello
que su organismo siente. Aquí, nuevamente, nos encontramos con la limitación de
no poder imaginar lo que un OH siente cuando no tiene un lenguaje para
significarlo (Este OH que solo percibe lo que siente en su organismo, lo hace
fuera de las posibilidades que el lenguaje puede ofrecer). En este sentido,
cuando el OH provisto de lenguaje es consciente de que experimenta algo en su
organismo, en realidad entra en contacto con un significado que, de algún modo,
se ajusta a una sensación en definitiva inaprensible (¿Cómo puede un concepto
replicar la forma de una sensación si esta no adquiere dimensiones físicas
mensurables de manera consistente sin el uso del lenguaje? Y ¿Cómo confiar en
que el concepto capta fielmente la experiencia de una sensación si esta y el
concepto en realidad no tienen nada en común que pueda afianzar esa captación,
esa copia o representación?) y que es validada justamente por esa sensación
inaprensible. O sea que para disponer de cierta claridad de lo que
experimentamos tenemos que creer que tal claridad es posible y que ocurre.
Si fuera posible
desactivar el lenguaje en nosotros, lo que sentimos volvería a ser esa cosa
amorfa que nos ocurre. Es a partir de esa cosa que construimos (sin darnos
cuenta si no nos esforzamos) lo que llamamos “emociones”: La sensación inefable
es el “objeto” que observamos (sentimos) y que intentamos ajustar al concepto
(de elaboración colectiva y heterogénea) que surgió precisamente a partir de la
observación y el intento de definición de esa sensación inefable.
El MO, en sí mismo, es incognoscible. Sin
nuestra existencia es inexistente, sin nuestra significación es amorfa. En
tanto que somos parte de ese mundo, su naturaleza es la nuestra. El lenguaje que
el OH posee es un instrumento para organizar el conjunto de percepciones que realiza
y situarlo en una posición particular desde donde construir el Sentido o, si se
quiere, el Propósito - de existir -. Como señalé al principio, el OH no tiene la
necesidad de conocer al mundo en sí mismo, le basta con conocerlo tal como sus
sentidos se lo presentan (el propósito primordial del OH no es conocer sino
sobrevivir; el OH puede verse satisfecho con la manera en que significa el
mundo con el lenguaje que ha heredado). Si el MO adquiere un sentido a partir
de la forma que le da con el lenguaje independientemente de la forma “verdadera”
de tal mundo, considero que ocurre lo mismo con lo que experimentamos en nuestro
interior. Quiero decir, sentimos algo que no podemos conocer si no lo significamos.
La única vía para aprehender esa sensación es el lenguaje, pero no existe un
modo de asegurar que esa sensación es captada en toda su “pureza” por ese concepto
(¿Cómo saberlo?). La incognoscibilidad del mundo implica a todos los elementos
de ese mundo, es decir, al OH y su experiencia. Sentimos algo, pero verdaderamente
no podemos saber qué es. Le podemos dotar de un significado y legitimarlo (y
sentirlo como tal) pero no podemos estar seguros de que lo que sentimos es
realmente eso que decimos sentir. El lenguaje que posee el OH pone en marcha el
mundo que percibe y lo que siente al percibirlo y eso es suficiente para que él,
inserto en un sistema que lo urge a moverse de un modo más “práctico” y menos reflexivo,
pueda sobrevivir.
Pero vemos, finalmente, que el lenguaje
que el OH posee es uno que le muestra un mundo que pudo haber sido de otro modo
si hubiera empleado otro lenguaje (otro Juego del Lenguaje). Esta afirmación se
extiende, creo yo, afortunadamente, a la experiencia del OH, a su sensibilidad:
Puede ser de otro modo, puede sentir de manera distinta, si usa otro lenguaje,
otro sistema de significados. El MO (el que nos rodea y el que “somos”) es amorfo,
después de todo. Existe independientemente de nuestra existencia, pero la forma
“verdadera” en que lo hace no nos incumbe, no puede hacerlo.
Este descubrimiento solo es posible si nos permitimos dudar de la “efectividad” del Juego del Lenguaje que usamos actualmente, deslegitimándolo progresivamente (¿Por qué no?), apartándonos de los múltiples relatos (lo llamo Sedimento Conceptual, en mi ensayo “Superironía”) que nos han ofrecido y que hemos incorporado en nuestro proceso de significación (haciendo que el mundo y lo que sentimos se nos muestre de la forma en que lo hace) sin temer que con ello perdemos algo porque en realidad no es posible perder nada cuando lo que en realidad hacemos es percibir el mundo, captarlo como una forma en sí misma (la forma en que podemos captarlo con nuestros sentidos) y que se nos ofrece como el material moldeable con el que podemos construir infinidad de mundos de cierta particular y extraña belleza.
Sigue: "LA SENSACIÓN QUE NO TENÍA FORMA"
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