EL SALTO DE LA “SENSACIÓN” AL “SIGNIFICADO”
1
PREÁMBULO
¿QUÉ SOY?
Un organismo (O) es un cuerpo
(objeto) vivo que fue causado por otro O. Así, podemos comprender la existencia
de todos los O como una causación en cadena hasta el presente, hasta aquél O
que llamo “yo”. ¿Por qué ocurrió? Aquí suscribo la idea de Schopenhauer
respecto a la vida como un fenómeno que existe sin razón alguna, sin la
necesidad de una explicación racional y que es movida por la Voluntad: un
impulso que se dirige, ciega e insaciablemente, hacia ningún lugar ni
propósito.
Todo cuanto existe, vivo o no, es
impulsado por esa voluntad de continuar, permanecer, de estar. ¿Por qué? ¡No
hay razones!
Yo, en tanto O provisto de lenguaje,
puedo construir una variedad de “sentidos” para organizar y dotar de un
propósito a mi existencia, puedo vincular mis sensaciones a tales significados
y orientarme en el camino que, poco a poco, las palabras abren; pero aquello es
un propósito que “elaboro” dentro de los límites de lo que soy como un cuerpo.
Incluso puedo crear un sentido que pretenda asegurar mi “trascendencia”, pero
esa seguridad se restringe a la que los significados pueden ofrecer y estos, en
tanto uso de lenguaje, actividad, dependen de la existencia de un organismo
capaz de hacer aquello, es decir, de un O vivo. Por debajo de todo eso, como un
fundamento innegable, yace la Voluntad, irracional, materia de toda
racionalidad, de todo argumento.
Recordemos la distinción entre el
Mundo Objeto (MO) y el Mundo Significado (MS). El primero es aquella – gran –
cosa que existe impulsada por la Voluntad. El segundo (el MS) es aquella que el
OH puede asir a través de sus sentidos y dotar de una “realidad” particular a
través de las ideas (los significados). El OH existe en ese MO y se representa
para sí un mundo (MS) a partir de él. Cuando el OH muere, ese mundo para sí
(MS) desaparece con él y queda el MO, como una cosa carente de significado,
ajena para el OH que ya no existe, moviéndose oscura y ciegamente hacia ningún
lugar ni propósito, por gracia de la Voluntad.
El OH desprovisto del lenguaje
percibe el MO de un modo particular, incognoscible e inimaginable para aquél
que ya usa un lenguaje. ¿Qué es ese OH sin lenguaje? Un objeto, como lo son
todos los existentes, vivos o no, que forma parte del MO. Un objeto que no
necesita del lenguaje y que, obviamente, no puede formularse cuestiones como “¿Qué
soy?” o “¿dónde reside aquello que realmente soy?”: Un OH, sin lenguaje, no
existe para sí mismo (al menos no en la forma en que lo haría si poseyera un
lenguaje con el que plantear tales cuestiones).
Pero yo, dotado de lenguaje, ¿qué
soy? Un objeto, un cuerpo vivo, que puede percibir el mundo de una manera
particular, que lo significa y que –
actualmente – existe “dentro” de los límites de aquello que es
“significar”. Antes de ser capaz de usar el lenguaje, existía de modo distinto,
sin plantearme la pregunta “¿Quién (o qué) soy?” y sin saber que “yo soy esto
(un cuerpo)”; era, sencillamente, un cuerpo sin conciencia (sin esta conciencia
particular que consiste en percibir al mundo y significarlo).
Entonces, ¿soy este cuerpo? Soy este
cuerpo constituido de tal modo que puedo ser consciente (darme cuenta y ser
capaz de significar) de ser esto (un cuerpo). Sin la conciencia (sin la
disposición física necesaria para tener conciencia) soy solo un cuerpo (un objeto)
y, en ese estado, dejo de “ser”, es decir, desaparezco, no existo (por más que
el cuerpo exista). Entonces, ¿soy la conciencia, eso que, al desaparecer – del
cuerpo –, da fin a mi existencia? Sí, una conciencia, pero arraigada en un
cuerpo – que soy – porque, en último caso, de lo que me doy cuenta es de que
existo dentro de los límites (y las posibilidades) que este cuerpo plantea. No
puedo ser una conciencia fuera del cuerpo, puesto que soy la actividad del
cuerpo, soy el movimiento del cuerpo o, mejor dicho, el cuerpo moviéndose – en
el mundo –; pero tampoco puedo ser solo un cuerpo sin conciencia, porque
preciso de esta última para darme cuenta de que soy este cuerpo, de que existo,
de que solo puedo existir, en este objeto que soy debido a un compromiso
inevitable (y que solo puedo revertir con mi extinción) que asumo (puedo decir
que empecé a existir a partir de la asunción de ese compromiso) desde que algo
ocurrió – en el cuerpo – para que algo como “yo” (conciencia) exista. En todo
caso, la sensación última es que soy una Voluntad de Vivir, dándose de cierta
forma, como un objeto capaz de darse cuenta de que es un objeto (uno que es
capaz de “provocar” una conciencia) y que solo puede desenvolverse dentro de
los límites que este impone; todo esto realizado, significado, con el lenguaje.
En resumidas cuentas, no soy el cuerpo sino la conciencia (provocada por una
disposición particular del cuerpo – y que depende de él –) de que estoy en un
cuerpo limitado – y posibilitado – de cierta forma para interactuar, de un modo
determinado, con el MO.
¿QUÉ OCURRIÓ EN EL CUERPO PARA QUE ALGO COMO “YO” EXISTA?
Evolución. Un
O proviene de un O y este, a su vez, de uno anterior. Así, hasta el principio. Hubo cambios progresivos en cada una
de las generaciones que les permitieron adaptarse mejor al mundo, incrementando
sus posibilidades de continuar existiendo. De pronto, los O fueron conscientes
del mundo y de sí mismos. El desarrollo de esa conciencia particular (la
capacidad de usar el lenguaje) fue parte de esos cambios progresivos que se conservaron
(heredaron) por ser, justamente, funcionales para la adaptación y la
continuidad de la existencia. La capacidad de percibir y significar el mundo,
de hacer del MO un MS, fue un movimiento adaptativo. La conciencia (y
sensibilidad) es resultado de las agitaciones de la materia en busca de
permanencia, es decir, producto del impulso de esa Voluntad que se mueve sin
propósito alguno, solo porque sí.
Si el OH no fuera consciente, sería un objeto más del MO (que, sin nadie que lo
perciba, sería oscuro e irrelevante, dándose, continuando incesantemente). Ese
MO, que precede y rebasa al OH, es la Voluntad siendo ella misma. El OH,
consciente, es también parte de ese MO, irracional, que, si posee una
apariencia, un significado y un propósito es, precisamente, porque el OH está
capacitado para dotarlo de tales cualidades. Eso no cambia la naturaleza del MO.
Su irrelevancia y oscuridad, su irracionalidad, subyace a todo cuanto el OH hizo,
hace y hará en sucesivas épocas. Los mundos que existen son los de los OH (que
los significan, individual y aisladamente) y que son una representación del MO,
incognoscible en sí mismo, inexistente antes y después del OH.
2
EL SALTO
La conciencia – particular – del OH
está constituida por el lenguaje. Decía que las sensaciones que el OH
experimenta solo adquieren forma (una forma particular) en cuanto son
significadas, que, sin el lenguaje, las formas de las sensaciones eran “formas
en sí mismas y amorfas fuera de sí”.
La “amorfidad” de estas sensaciones tiene algo que puedo llamar “significados
esenciales” (SE) que, si bien son incognoscibles en su “pureza” para el OH
provisto del lenguaje, funciona del mismo modo tanto si el OH posee un lenguaje
como si no. Estos SE fuerzan al OH a actuar de cierta forma (buscar el P y
evitar el D) para preservar su existencia (y la continuidad del mundo) y son
estos SE los que, una vez provisto de lenguaje, adquieren un significado
distinto (en el sentido de que una sensación y un significado son “cosas”
diferentes. La sensación es un hecho físico – una experiencia – y un
significado es una interpretación o, en todo caso, un hecho conceptual – que no
deja de ser una experiencia –). La sensación (en sí misma) queda desconocida para
el OH provisto de lenguaje, puesto que no puede acceder a la experiencia misma
sino a través de una interpretación (significación) que es, justamente eso: una
“visión” de la experiencia desde la perspectiva que configura cierto tipo de lenguaje,
el ejercicio de colocar cosas amorfas en recipientes para dotarles de una
forma. Cuando un OH adquiere el lenguaje se convierte en un organismo
radicalmente distinto al que es sin lenguaje. Esa naturaleza diferente consiste
en que el OH es un “estado de conciencia” (que “emerge” debido a la adquisición
del lenguaje) que “se da cuenta” de lo que ocurre en el mundo “exterior” y lo
que este provoca en “su interior” (El OH no puede retornar a su condición
previa al lenguaje – puesto que su “ser” mismo se constituye al ejercer, con
cierta solvencia, el lenguaje – ; dicho de otro modo, el OH es, ahora,
lenguaje). Ahora, aquél “darse cuenta” es significar (interpretar) lo que
ocurre tanto en el mundo como en sí mismo con el lenguaje (que el OH es). Sin
lenguaje, todo cuanto el OH puede hacer es percibir las sensaciones (SE) y
guiarse con ellas para preservar su existencia; en este caso, no cabe la
posibilidad de preguntarse “¿Qué estoy sintiendo?”, puesto que se requiere del
lenguaje para ello. Así el OH percibiría “formas en sí mismas y amorfas fuera
de sí”. Con lenguaje, todo cuanto el OH puede hacer es significar al mundo y lo
que siente, dotar a todo aquello de una forma que no es la forma en sí misma de
las cosas sino la que el OH puede darle con el lenguaje. El tránsito del “no-tener-lenguaje”
al “tener-lenguaje” da lugar a un estado de “conciencia” particular desde donde
puede percibirse al mundo de cierta manera. El MO es incognoscible y, siendo el
OH parte de él, también lo es, incluso para sí mismo.
Entonces, ¿cómo se da el salto de la
Sensación al Significado? ¿Cómo algo que “siento” puede ser realmente “aquello
que siento”, a través de un proceso de significación? El OH provisto de
lenguaje es parte del MO, es decir, un objeto más (impulsado por la Voluntad),
que si bien es cierto tiene un principio y un final tangibles, forma parte de
algo mucho más grande que él (el MO) que se mueve sin propósito alguno. Todas
las cosas que existen son formas que mutan con el afán de seguir existiendo.
Una de esas mutaciones hizo que el OH pudiera usar el lenguaje para adaptarse
al mundo y continuar existiendo. Significar al mundo es un mecanismo adaptativo
para sobrevivir. En realidad, no importa qué significado sea aquél siempre que
funcione para existir. El salto de la Sensación al Significado es uno que se
da, en principio, guiado por los SE (D y P) pero cuyo “destino” (del salto) es arbitrario,
puesto que es ir de lo “amorfo” a una presunta “forma”, orientado solo con la
forma intrínseca (D y P) que no puede servir de “molde” para las “formas” más que
como instrucciones de lo que el OH tiene que hacer para preservar su
existencia. Es decir, lo que el OH provisto del lenguaje puede conocer de lo
que siente es que aquello que siente es doloroso (D) o placentero (P), pero no
puede saber qué significa realmente más allá de eso, puesto que, estrictamente
hablando, no puede existir algo más allá del conocimiento de que algo es doloroso
(D) o placentero (P). El salto de la sensación al significado es la asunción de
una “forma” a partir de lo “amorfo” (preservando el SE que sirve de guía al OH –
para “saber” moverse de tal modo que preserve su existencia – y que es, en todo
caso, lo que posibilita que la sensación amorfa pueda reposar en una forma – en
un significado –), pero esta asunción no es una representación exacta de la
sensación sino la aparición de la posibilidad de que el OH pueda darse cuenta
de que experimenta una sensación y representarla de cierto modo. El salto de la
Sensación al Significado es, en realidad, el salto de No-Ser al Ser (ser de
cierta forma) del OH, el paso de un estado de conciencia a otro. Lo amorfo de
la sensación no puede ser replicada en el significado sino solo sentido de modo
distinto: Sin lenguaje se siente de una manera y con lenguaje de otra. En todo
caso, el OH con lenguaje no puede saber cómo es sentir sin lenguaje y el OH sin
lenguaje simplemente no es (puesto que, como señalé, es el estado de conciencia
que el lenguaje propicia lo que lo constituye como un OH). Son los SE los que
adquieren una forma (que no es la forma en sí misma del SE, en el sentido de
ser “experimentado” – recuérdese que se “siente” distinto con lenguaje y sin él
– pero sí, y he aquí aquello que posibilita que algo amorfo pueda tener una
forma, “trasciende” su función: la de guiar los movimientos del OH), un
significado y toda posibilidad de significar se reduce a ellos. Aún cuando el
OH provisto de lenguaje “sea” un estado de consciencia diferente, de tal modo
que – ese estado – le permita significar una sensación, solo puede hacerlo en
dos sentidos: Solo puede decir “Siento placer” o “Siento dolor”.
Evidentemente los OH de “este mundo”
profieren más enunciados que aquellos dos y allí radica el problema (que es la
sensibilidad). El OH que aparece en el mundo y que adquiere un lenguaje, recibe
con este, por decirlo de algún modo, una serie de enunciados (recipientes) que
habrá de emplear para significar sus sensaciones (amorfas). Puesto que tener un
lenguaje significa “ser” un “estado particular de conciencia”, aquél estado
determina lo que el OH siente, dando la impresión de que aquel sentimiento
posee una forma intrínseca y “natural” que el OH tendrá que significar de
varias formas, en sucesivas ocasiones, con los significados disponibles del
lenguaje que heredó. Este no es un ejercicio ordenado ni formal y, por tanto,
no del todo “consciente” (en el sentido de que el OH se proponga indagar el
origen de lo que experimenta, hallando que lo que siente es algo en realidad
innominable o amorfo) sino más bien espontáneo, como si el OH debiera asignarle
un significado a lo que siente de modo automático, desconociendo la lógica que
subyace a ese automatismo. Esta “Sensibilidad”, abundante en significados y en
posibilidades de significación (en mi ensayo “Superironía” me refiero a ellos
como Relatos Secundarios – RS – y Sedimento Conceptual – SC –) fue desarrollada
arbitrariamente por las sucesivas generaciones de OH y conservada y transferida
debido a su funcionalidad (la adaptación y preservación de la especie humana),
no atendiendo a lo que realmente significa e implica poseer tal forma de sentir,
puesto que, como ya se entiende, el “propósito” de la Voluntad implícita en el
MO es darse sin propósito alguno. En ese sentido, aquello que el OH experimenta
durante su existencia es un epifenómeno (para la inmensidad de la VF), un
asunto que solo lo concierne a él y con lo que tendrá que lidiar, en última
instancia, en absoluta soledad y, paradójicamente, con los recursos
(posibilidades y limitaciones) que el lenguaje que posee (que lo constituye
como “ser consciente”) le provee.
La multitud de significados y posibilidades de significación que se
desarrollaron a lo largo de la historia fueron gestos adaptativos que se
legitimaron en cuanto se comprobó su funcionalidad al momento de significar
(dar sentido) a aquello que sentían al existir en un mundo siempre hostil. Tal
vez no se percibió la necesidad de comprender aquello, de observarlo desde otra
perspectiva además de la tradicional, en donde las sensaciones ya poseen un
significado, por lo general subordinado a un interés y propósito (que rebasa
las capacidades del OH como sujeto individual) que es básicamente el de
propiciar la continuidad del mundo al precio que sea (es decir, sin que importe
demasiado – es por ello que me refiero a la sensibilidad del OH como un
epifenómeno o un fenómeno secundario – cómo cada OH lidia con la “amorfidad” de
lo que siente) aunque esto, a la luz de lo argumentado, no tenga sentido
alguno.
La indagación de la sensibilidad a
partir de lo que el OH experimenta como sensaciones amorfas muestra la intención
del Neosolipsismo de abordar al OH (al sujeto, al individuo) como fundamento y
soporte del mundo, explorando e intentando comprender cómo es que la sensibilidad
tradicional (el lenguaje con el que significa sus sensaciones) se ha arraigado
en sí de tal modo que parece indesligable de él. Se ha examinado aquí (y en los
artículos anteriores) cómo el OH ha alcanzado la condición que le hace ser lo
que es y sentir lo que siente, sugiriendo que es la adquisición del lenguaje el
evento decisivo en esa “transformación” y que tal solo puede suceder en la
interacción con otros OH, en un proceso de transferencia de significados. Se insinúa
también que el lenguaje – que en un primer momento se transfiere – posee una
estructura que determina (o, en todo caso, direcciona) el comportamiento del
OH, asignándole un propósito (que desde el NS se señala como incoherente respecto
a la condición del OH): la continuidad del MO.
El aspecto rudimentario y bastante limitado que adquiere la sensibilidad, analizada, seccionada y depurada (de los significados que la Sociedad provee) puede parecer extraña, ajena y poco atractiva. Esto se debe a que es “nueva”, puesto que, hasta donde sé, no se ha intentado abordar la sensibilidad del OH como un fenómeno innominado (e innominable) a partir del cual se erigen representaciones, sino que se dio por hecho que aquella cosa llamada “Sensibilidad” ya existe en el OH, que significa algo y que posee una naturaleza (sea cual sea) incuestionable e inmodificable. La “Sensibilidad Neosolipsista” es, hasta el momento – de este trabajo en progreso – una reducción de las sensaciones a nada, a una cosa abstracta, y esto se opone a la robustez de la Sensibilidad Tradicional. En los textos que siguen, la situación será más extraña, pero esto solo porque se planteará la posibilidad de crear una nueva forma de sentir, al menos teóricamente, que será, obviamente, bastante distinta a la acostumbrada y legitimada por la Sociedad.
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