PERO, ¿QUÉ ES LA SOCIEDAD?

Viene de "DE ORGANISMOS E INDIVIDUOS"

El mundo es materia que se prolonga, organismos que aparecen, se reproducen y mueren y Organismos Humanos que hacen lo mismo que los organismos, puesto que comparten la misma naturaleza. El mundo es eso que existió, existe y existirá. ¿Qué tiene que ver el Individuo con él?

El Individuo es un Organismo Humano (OH), tiene la misma estructura material que sus congéneres y es impulsado por la misma fuerza: La Voluntad de Vivir. Al igual que ellos, usa un Lenguaje para significar y, de este modo, representar el mundo en el que existe.

Como ya señalé en otros artículos, es el uso del lenguaje (de cierto tipo de lenguaje) lo que hace que el Organismo Humano exista como tal. Desprovisto de él, se mantendría en un estado en el que ni el mundo ni él (el OH) existirían (aunque el OH tuviera una existencia material y una experiencia sensible del mundo y de sí mismo experimentando el mundo, sin lenguaje no habría forma de articular esa experiencia y de darle cierta forma. Existiría, desde luego, pero sería una existencia cerrada sobre sí misma).

A medida que los OH adquirían su forma actual, también se ejercitaban en el uso, cada vez más sofisticado, de una técnica se supervivencia: El lenguaje. Esta les permitió organizarse colectivamente y hacer lo que todo organismo está destinado a ejecutar: Preservar su existencia y propiciar la existencia de otro organismo (a través de la reproducción). El lenguaje era, pues, una estrategia adaptativa para llevar a cabo el propósito de la Voluntad: Darse indefinidamente. Es con el lenguaje con que el OH se representa el mundo y lo que experimenta (lo que siente). Es con el lenguaje con que el OH hace existir al mundo y – se hace existir –  a sí mismo (Imaginemos a un OH que no usa el lenguaje ¿Qué tipo de existencia tiene? No podemos saberlo, a pesar de tener la certeza de que existe. Podríamos decir “Existe, sin más. Siente, sin más. Tal vez haga algo parecido a usar-un-lenguaje/pensar”, pero no podríamos saber precisamente cómo experimenta su propia experiencia. Ahora, al hacer esto, nos damos cuenta que estamos usando el lenguaje para formular esas dudas. Imaginemos entonces que somos nosotros quienes no usamos el lenguaje. La incertidumbre que tenemos respecto a la experiencia de aquél OH desprovisto de lenguaje se traslada a nosotros; entonces ya no disponemos del lenguaje para saber – para decirnos a nosotros mismos – qué tipo de existencia poseemos. Existimos, sí, pero no podemos decir nada respecto a ello. Se trata de una existencia alejada de nosotros, en donde nosotros desaparecemos, no existimos).

El lenguaje, como recurso adaptativo, tiene un solo propósito: Garantizar que los OH existan, continúen haciéndolo (hasta donde les sea físicamente posible) y que propicien la existencia de otros OH. De este modo, el mundo se prolonga indefinidamente. El OH existe y deja de existir pero el mundo sigue existiendo. El OH que existe sin lenguaje existe como parte del mundo cerrado sobre sí mismo (y, en ese modo de existencia, desaparece, pues él – el OH – vendría a ser el mundo); se trata de una existencia que no puede sobrepasar sus propios límites (límites que, con el lenguaje, tampoco serían superados sino trasladados a otra instancia: Los significados – o las representaciones –). En realidad lo único que importa es que el mundo se prolongue indefinidamente y no cómo suceda aquello. No importa si son objetos, organismos sin conciencia (con sensibilidad y sin lenguaje), conscientes (con sensibilidad y lenguaje convencionales) o hiperconscientes (con una sensibilidad y un lenguaje particulares) los que compongan esa prolongación.

¿Qué tiene que ver el Individuo con ese mundo que se prolonga de manera indefinida? Como dije, los OH desarrollaron el lenguaje porque, eventualmente, les fue útil para adaptarse al mundo. Llevaban en sí la consigna de su existencia: Existir y reproducirse; y “ajustaron” su lenguaje a esa tarea. Así, los OH con lenguaje se conducen de la misma forma que cualquier otro organismo. El lenguaje es un recurso sofisticado al servicio de un movimiento elemental: La prolongación del mundo.

El mundo existe y seguirá haciéndolo, de cualquier manera, independientemente de que sea percibido o no. No podemos decir lo mismo del OH. Evidentemente, este comenzó a existir a partir de cierto momento y dejará de existir de igual modo. El mundo seguirá, pero no él. Ya vimos que la forma en la que se afronta este hecho es lo que diferencia a un Organismo de un Individuo: Mientras un Organismo sacrifica su existencia en pos de la del mundo, el Individuo decide que la suya es la condición definitoria del mundo. No le importa su inmensidad, su antigüedad ni su necesidad suprema de seguir existiendo, pues todas ellas son ajenas a la existencia del Individuo ya que la suya impone unos límites infranqueables que hace incompatible conciliar la necesidad de existir del mundo con la suya. ¿Qué le importa a un Individuo la existencia del mundo si con su existencia anulada es incapaz de establecer cualquier vínculo? A alguien que no existe no puede importarle nada.

La Sociedad es un conjunto de enunciados que pretende significar y dar forma al mundo. No es un conjunto de personas, sino un conjunto de personas asumiendo tales enunciados y empleándolos para representar al mundo en el que existen. Los OH que existen “dentro” de ese conjunto de enunciados, de ese lenguaje –  de la Sociedad –, no pueden salir de él pues son él, son su organismo vivo desarrollándose en la instancia de esos significados. Así, a pesar de la complejidad y dificultad que la vida como fenómeno material atañe, parece no haber problema, pues la solución está ya establecida: Usar ese lenguaje para existir y reproducirse, puesto que esa es la consigna del organismo vivo, que acontece en pequeña escala de lo que ocurre con el mundo. La Sociedad, que no es un organismo vivo, sino una manera de existir de este, tiene la forma de este significado: “Solo importa que el mundo exista. No importa qué tenga que suceder para conseguir este fin. No importan el sufrimiento o el placer que pueda implicar el hecho de existir, lo único que importa es hacerlo”. Desde luego, esta consigna, de dura apariencia, se diversifica en una gran cantidad de relatos que, por lo general, mitifican y romantizan el hecho de obedecer el mandato del mundo. El Organismo no puede zafarse de esa manera de usar el lenguaje y de conducirse porque su constitución biológica tiende a ese fin. De modo que está casi destinado a someterse al cumplimiento del propósito del mundo de prolongarse indefinidamente. De todas formas, el Organismo no puede verlo de esta manera, porque está sugestionado con uno de los tantos relatos de la Sociedad con la que da forma (sentido, significado o propósito) a su existencia material. No se da cuenta y, por tanto, no le importa no darse cuenta.

Por otro lado, el Individuo ha descubierto algo: Que el mundo que percibe, experimenta y significa existe (de la forma en que lo hace) solo si él existe para percibirlo, experimentarlo y significarlo. De esto, colige que su existencia determina la del mundo. Evidentemente estamos hablando de una manera particular de existir. Hay una forma en que el mundo existe sin ser percibido pero aquella no tiene ningún vínculo con aquél organismo que no lo percibe. El Individuo reconoce el límite último de la existencia del mundo en su capacidad y posibilidad de percibirlo (y significarlo). Como ya señalé varias veces (Ver “HIPERNADA”), no es que la existencia del mundo no le importe sino que no puede importarle, que cualquier forma de insinuar que lo hace es incierta y acaso engañosa, tratándose solamente de una “razón”, un “argumento” para justificar el hecho de participar de la prolongación del mundo. Así mismo, el Individuo es consciente de que está usando un lenguaje para significar el mundo, para representárselo conceptualmente y que si no fuera capaz de hacerlo no tendría un modo de concebir una – forma de – existencia desde donde existir (de la manera en que actualmente lo hace), que su existencia, sin lenguaje, sería inaccesible para sí mismo, que aquél “sí mismo” radica en su capacidad de usar un lenguaje para dar forma a todo lo que experimenta. El Individuo ha comprendido que los significados no derivan de la experiencia sensorial más que en su forma esencial de placer y dolor (Ver “El salto de la sensación al significado”), que los demás significados son construcciones arbitrarias (que parecen tener un orden en función al grado de sometimiento a la Voluntad, es decir, al darse indefinido del mundo). El Individuo se ha dado cuenta de que es una criatura paradójica, pues existe como un ente material, pero que solo es consciente de ello si accede, con el uso del lenguaje, al nivel conceptual, que no puede zafarse de este sin experimentar el cambio drástico de dejar de ser lo que es, que existe (y tiene la necesidad de hacerlo, pues es poseído por una Voluntad de Vivir) dependiendo materialmente del mundo pero que éste no existe si el Individuo no lo percibe (ni significa), que su inexistencia supone la inexistencia del mundo (que él percibe y significa) y que el mundo que le “sobrevive” es uno que existe para sí mismo pero ya no para aquél que no existe, que el mundo no percibido es irrelevante. Finalmente, el Individuo ha comprendido que su condición material, finita y mortal, le exige ser significada (representada) de tal forma que sea coherente con su realidad (es decir, con su finitud y mortalidad). Esto implica, evidentemente, reconocer que habrá un momento a partir del cual no será así como a partir de cierto instante comenzó a ser. Puede ser difícil, pero tiene que hacerlo, para ser consecuente y honesto consigo mismo. El Individuo rechaza las ficciones que la Sociedad (ese lenguaje que se sucede generación tras generación) ofrece, pues sabe que se fundan en la priorización de una existencia que no es la suya: la del mundo. El Individuo lo sabe de una forma que el Organismo ignora y eso es lo que le hace ser lo que es: Un ente que se experimenta como el núcleo de todo cuanto existe.

EPÍLOGO

(Pensar o no pensar. Jugar o no jugar)

El organismo que existe tiene la tarea de existir y propiciar la existencia de otro organismo. El Organismo Humano, como ya se dijo, es o un Organismo o un Individuo, en función del “camino” que “elija”: Si emplea su existencia en el propósito del mundo (de prolongarse indefinidamente), es un Organismo, si hace de su existencia (de su principio y fin) el principio y el fin del mundo, es un Individuo. En ambos casos, el Mundo Objeto (aquél que existe independientemente de la percepción de cualquier ente) los rebasará. Es así porque el Organismo Humano es parte del mundo, pero una parte peculiar, puesto que puede darse cuenta que ser él es ser un ente aislado del mundo – aunque pertenezca materialmente a él – (El Organismo Humano solo puede pensar dentro de los límites de su materialidad, no puede pensar en el cuerpo de otro, el Organismo Humano está “encerrado” en sí mismo, por decirlo de algún modo). Esa consciencia de estar separado del mundo es una oportunidad para reconocerse (y legitimarse) como tal y fundar su existencia en esa su condición.

El lenguaje que es la Sociedad, “activa” al Organismo Humano y lo sitúa en un “juego” (si un OH no fuera capacitado en el uso del lenguaje, su existencia se daría en un plano semejante al de los organismos). Tal juego consiste en existir y propiciar la existencia de otro OH. Su capacidad de pensar, o sea, su capacidad de usar el lenguaje, de articular razonamientos, se halla limitado por la regla esencial que significa el propósito del juego. Según esas reglas, hacer algo distinto es “perder” o “anular” el juego. Así, el pensamiento del Organismo puede desenvolverse como su creatividad le permita pero respetando siempre la regla de no negar ni invalidar el juego. El OH puede pensar dentro de un límite que lo circunda, más allá del cual ya no puede hacerlo.

Por otro lado, el Individuo rechaza el juego que la Sociedad plantea. Al hacerlo, desde la perspectiva de la Sociedad, el Individuo ha perdido, pero esto a él no le importa. Rechazar el juego es invalidarlo, aniquilarlo. El individuo no deja de jugar el “juego de la existencia”, puesto que es un organismo poseído por una Voluntad de Vivir, pero trastoca significativamente la apariencia de este: El juego consiste en ser él mismo. ¿Tiene un límite que restringe su capacidad de pensar, de usar el lenguaje? Creo que no. El Individuo puede hurgar y explorar en el lenguaje de la Sociedad y salir de él, indemne, pues no admite ninguna de sus ficciones. En todo caso, la ficción que – él – es la va construyendo él mismo. En ese sentido, la diferencia entre un Organismo y un Individuo es que el primero no puede salir del juego y el segundo sí, el primero existe en una existencia elaborada previamente (por las ficciones de la Sociedad) y el segundo existe en una existencia que – se – va construyendo actualmente mientras va destruyendo las que le pretenden imponer, el primero resuelve el hecho de su extinción con el relato de la “eternidad” (que solo pertenece al Mundo Objeto) según la cual tal extinción no lo es realmente y el segundo hace que su extinción sea también la del mundo, el primero no puede transgredir las reglas de su juego, el segundo lo hace porque es necesario para afirmar el suyo propio, el primero no consiente que la Nada (el No-Ser) sea parte de su existencia, el segundo la reconoce, admite y valida, sabe que es algo que inevitablemente será, es decir, sabe que dejará de ser.            

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